Vicente Raspanti y "Casa Ofelia": la historia del comerciante que cambió la historia de Ituzaingó
Santiago Menu
Hay nombres que quedan grabados en el bronce, pero hay otros que están impresos en el paisaje cotidiano de nuestra ciudad. El 19 de mayo de 1969, a los 66 años, se apagó la vida de don Vicente Raspanti, un hombre cuyo espíritu emprendedor fue el motor de una época dorada para Ituzaingó. Su trayectoria no es solo un relato de éxito comercial, sino una lección de amor por la patria adoptiva y compromiso social.
Nacido en Italia el 1° de mayo de 1903, Vicente llegó a la Argentina con apenas tres años. Aunque sus raíces eran europeas, su corazón se moldeó bajo el sol criollo. Desde muy joven, a los 15 años, demostró una vocación comercial asombrosa instalando un almacén en Capital Federal que manejó con éxito hasta 1930. Sin embargo, su destino estaba marcado por las vías del Ferrocarril Sarmiento.
Al conocer Ituzaingó, Raspanti quedó prendado de su naturaleza y su gente. En aquel entonces, nuestro distrito era un paisaje de quintas de veraneo, tambos y aire puro. Tras un primer intento con los materiales de construcción en 1933 y un breve regreso al ramo de almacén, Vicente supo leer el futuro: el éxodo de la población capitalina hacia el conurbano era inminente. En 1939, apostó definitivamente por los materiales de edificación.

Lo que comenzó como una apuesta se transformó en un gigante. "Casa Ofelia", nombre que eligió en honor a su única hija, se convirtió en un verdadero emporio. Ubicado estratégicamente, primero cerca de la antigua "Barrera 80" y luego en la emblemática esquina de Ratti y Segunda Rivadavia, este complejo comercial fue bautizado con justicia como el "Emporio del Oeste".
Pero el éxito de Raspanti no era egoísta. Su empresa fue una escuela de vida. Sus empleados, que comenzaban en los puestos más humildes, progresaban según su capacidad. Por eso, hoy el sentimiento de quienes trabajaron a su lado no es solo respeto, sino veneración.

Don Vicente entendía que no hay comercio próspero en una comunidad estancada. Su mano estuvo presente en cada institución que buscaba el bien común. Fue socio benefactor de AUPI desde su fundación en 1962, llegando a financiar la construcción de una de las aulas del colegio, donde hoy su nombre en el bronce guía a las nuevas generaciones.
Su generosidad alcanzó a los Bomberos Voluntarios, al Centro Cultural Bernardino Rivadavia, a las cooperadoras policiales y escolares, y a clubes como Gimnasia y Esgrima y nuestro querido Club Atlético Ituzaingó.
Una repentina dolencia truncó su vida, pero no su obra. Don Vicente Raspanti nos dejó un Ituzaingó más pujante, más solidario y con una identidad comercial que aún hoy nos enorgullece. Fue el hombre que vio ciudades donde otros solo veían campo, y que supo construir, ladrillo a ladrillo, el sentido de comunidad que hoy disfrutamos.
