Por primera vez se ven familias enteras durmiendo en la calle en el centro de Ituzaingó

Para entender por qué están ahí, hay que mirar hacia atrás, hacia los barrios profundos como San Alberto, Villa Ariza o Villa Udaondo. Lo que vemos en el centro es el residuo final de una cadena de expulsiones.

Por primera vez se ven familias enteras durmiendo en la calle en el centro de Ituzaingó
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Algo se rompió en el paisaje urbano de Ituzaingó. Quien camine hoy por los alrededores de la Plaza 20 de Febrero, el cruce el túnel de la estación, el puente peatonal o algún cajero automático, notará un cambio doloroso en la fisonomía de la pobreza. Ya no se trata solo del "hombre solo", esa figura crónica, solitaria y con evidentes problemas psiquiátricos que el vecino conocía y saludaba; la crisis ha parido un nuevo actor en la intemperie: la familia completa. Cochecitos de bebé estacionados contra las persianas cerradas de la calle Las Heras o Soler, mochilas escolares usadas como almohadas, y el silencio tenso de padres que vigilan el sueño de sus hijos sobre cartones.

Es la primera vez que el distrito, históricamente caracterizado por su perfil residencial de clase media y sus amplias zonas verdes, ve proliferar "ranchadas" familiares en su casco céntrico. No son turistas de la desgracia; son vecinos expulsados.

La anatomía del desalojo silencioso

Para entender por qué están ahí, hay que mirar hacia atrás, hacia los barrios profundos como San Alberto, Villa Ariza o Villa Udaondo. Lo que vemos en el centro es el residuo final de una cadena de expulsiones.

El fenómeno responde a una ecuación económica letal gestada a nivel nacional. La desregulación absoluta de los alquileres, sumada a una inflación en alimentos que, aunque desacelerada, sigue siendo inalcanzable para el ingreso informal, ha creado una categoría de "nuevos indigentes". Son familias que hasta hace tres meses pagaban una pieza o un alquiler precario. Pero cuando la "changa" se cortó y el merendero del barrio cerró por falta de partidas presupuestarias, la elección fue brutal: pagar el techo o comer. Eligieron comer.

Al perder la vivienda, el barrio se vuelve hostil. Sin la red de contención de los comedores populares —muchos desmantelados en el último año—, la periferia ya no ofrece supervivencia. El centro de Ituzaingó, con su iluminación, su tránsito y la posibilidad de la "moneda" o el residuo de los locales gastronómicos, se convierte en el último refugio.

El Estado Nacional desmanteló todos los programas de ayuda

Sin embargo, la pregunta que resuena en los vecinos es: ¿Por qué están en la calle si hay refugios? La respuesta desnuda la obsolescencia de las políticas públicas frente a la nueva pobreza. En la región el gobierno nacional, cerró todos los programas de atención a personas en situación de calle. Inclusive cerró las oficinas del Ministerio de Capital Humano tenía en la zona para la atención al público. La Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia por ejemplo, que tenía una oficina en el centro de la ciudad, cerró a principios del 2024

La oficina de la SENAF en Belgrano y Juncal cerró hace 2 años

En Cáritas, la situación es distinta, La institución religiosa tiene en el Hogar Martín Rodríguez, ubicado en Ventura Alegre y Blas Parera, un hogar de tránsito pero solo para hombres. El padre German Meling, cura párroco de San Judas Tadeo lo explica así " Este mes pudimos ampliar el convenio con la ciudad de Buenos Aires y ahora los hombres se podrán quedar a dormir, pero son solo hombres adultos y en muchos casos con situaciones problemáticas de adicciones y abandono".

En el caso del Municipio, la asistencia es limitada a alimentos o ropa de abrigo. El centro de día para mujeres en situación de conflicto o violencia que también estaba ubicado en el Hogar Rodríguez, cerró hace unos meses. La Comuna estima que en situación de calle en Ituzaingó hoy hay unas 40 personas, la mayoría jóvenes.

El problema de separar a las familias

Para una familia que acaba de quedar en la calle, entrar al sistema oficial significa la desintegración. "No vamos al parador porque no queremos que nos separen, y tenemos miedo de que si nos ven solos, nos saquen a los nenes", confiesa un padre joven que improvisa una cena fría cerca de la estación.

El miedo a los Servicios Locales de Niñez es el muro invisible que mantiene a estas familias a la intemperie. Prefieren el frío del asfalto y la unidad familiar, antes que la cama caliente al precio de la fragmentación. No hay "paradores familiares" en la zona oeste diseñados para que papá, mamá e hijos duerman bajo el mismo techo. Solo en Morón hay un refugio que no da abasto.

Un espejo incómodo

La aparición de estas familias en el corazón comercial de Ituzaingó no es un problema de "inseguridad", como a veces se intenta instalar, sino de seguridad social. Es la evidencia física de que los amortiguadores sociales —la jubilación del abuelo, la ayuda de la tía, el comedor de la parroquia o el barrio— se han roto.

Mientras los peatones apuran el paso esquivando las miradas, Ituzaingó se enfrenta a una realidad nueva y urgente: la pobreza ya no se esconde en el fondo del barrio. Ha venido al centro a mostrarnos que, cuando el ajuste aprieta abajo, lo que se rompe primero es la puerta de casa.

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