Los espejos de agua que el asfalto se llevó: La historia de las lagunas perdidas de Ituzaingó
Santiago Menu
Si caminamos hoy por nuestras calles asfaltadas, llenas de vida, comercios y espacios culturales, cuesta imaginar que hace no tantas décadas nuestro pago era tierra de extensas quintas y… lagunas.
Hacia el norte de nuestro partido, en las extensas tierras que originalmente pertenecían a la familia Bovone, se escondía un paisaje de ensueño. Este predio abarcaba desde la Av. José María Paz (que los más memoriosos recordarán como Julio Roca) y la Av. Brandsen, extendiéndose desde la altura de la calle Carabobo unos 400 metros hacia el norte. Justo en la curva de Brandsen, comenzaba una laguna de aproximadamente una cuadra de ancho por dos de largo.
Curiosamente, aunque el agua bañaba las tierras de los Bovone, la sabiduría popular la bautizó como la "Laguna de Banquero". ¿El motivo? La enorme popularidad de la familia Banquero, que vivía justo en la vereda de enfrente. Era tal su influencia en el día a día del barrio que lo mismo ocurrió con la traza de la calle, inmortalizada en la jerga vecinal como la "curva de Banquero".

Oculta parcialmente desde la avenida por un espeso juncal, esta laguna tenía en tiempos normales entre medio y un metro de profundidad. Era un ecosistema vivo: patos, gallaretas, teros y alguna que otra ave zancuda adornaban el paisaje. Lamentablemente, el progreso reclamó su lugar. Con el loteo de la zona y la apertura de calles como Malabia y Emperanza (con una incipiente calle Pirán aún sin pavimentar de tierra), la laguna fue desapareciendo paulatinamente de 1945 en adelante.
No muy lejos de allí, otra historia acuática se desarrollaba. Primitivamente, durante los meses de fuertes lluvias, un sistema de charcos y esteros llegaba a cubrir hasta cuatro manzanas completas. Sin embargo, el paisaje cambió drásticamente en 1907 con el remate de la histórica quinta de Delfino; el zanjeo para abrir nuevas calles desvió los afluentes de agua y redujo este cuerpo hídrico a una sola hectárea.
El destino de este rincón se selló en 1928 con la llegada de la primera familia a sus orillas: los Domínguez. Fue por este motivo que durante años a esta zona se la conoció como la “Laguna de Domínguez”.
Para 1938, la zona comenzó a poblarse a tal ritmo que el vecindario adoptó orgulloso el nombre de "Barrio de la Laguna". Fue una época de fuerte identidad barrial que duró hasta mediados de la década de 1950, cuando el espejo de agua fue rellenado para su loteo definitivo. Al desaparecer el agua bajo la tierra, también se esfumó paulatinamente el nombre de este importante y pintoresco barrio de Ituzaingó.
Hoy, donde antes nadaban los patos, se levantan nuestras casas, nuestros comercios y esos espacios culturales donde nos encontramos a tomar un café. Conocer nuestra historia nos permite caminar por Ituzaingó con otros ojos, valorando el pasado mientras disfrutamos de nuestro vibrante presente.