La chimenea que perfumó de dulce de leche a todo Ituzaingó
Santiago Menu
Si caminás por el lado sur de nuestra ciudad, es imposible no toparte con ella. Se eleva desafiante sobre la calle Caxaraville, a apenas 50 metros de la Avenida Rivadavia, rompiendo la línea del horizonte residencial. Para muchos es solo un montón de ladrillos antiguos, pero para los memoriosos del barrio, es el último vestigio de un imperio de dulzura: la antigua fábrica de dulce de leche San Vicente.
Fundada por Don Vicente Cirigliano en la década del 40, la fábrica San Vicente no solo era un motor económico, sino una experiencia sensorial para todo Ituzaingó. En aquel entonces, el código de convivencia era distinto: cuando el aire se espesaba con ese inconfundible aroma a azúcar cocida y leche fresca, los vecinos ya sabían qué hacer.


No existían los grandes hipermercados ni el packaging industrial. La escena era de película: los padres mandaban a los chicos con frasco de vidrio en mano directo a la planta. Allí, el dulce se despachaba tibio, directo de la paila al envase familiar. Era el sabor del trabajo genuino, nacido en el corazón de nuestro barrio.

En aquella época, las chimeneas no eran solo un capricho estético; eran el pulmón del progreso. La regla era simple: cuanto más alta, mayor capacidad de tiraje y producción. Sin embargo, con el paso de las décadas y el cierre de la fábrica, la estructura quedó en silencio, hasta que llegó una anécdota que hoy parece de realismo mágico.
Cuenta la historia local que, años después de que Cirigliano apagara los fuegos, el predio fue adquirido por un fabricante de heladeras. Un día, por curiosidad o mantenimiento, abrieron la entrada de aire de la vieja chimenea. El "monstruo" despertó: el tiraje volvió a funcionar con una fuerza descomunal y, en un descuido, succionó a un gallo que merodeaba por la zona. El animal salió disparado hacia el cielo negro, perdiendo el plumaje en el trayecto, para terminar aterrizando —aturdido pero vivo— en el patio de un vecino atónito.
Hoy, la fábrica ya no está y el aroma a dulce de leche ha sido reemplazado por el ritmo cotidiano de la ciudad. Sin embargo, la chimenea de Caxaraville sigue ahí, inactiva pero firme. Es un testigo silencioso de aquel Ituzaingó de fábricas, de olor a trabajo recién hecho y de una infancia donde la felicidad cabía en un frasco de vidrio.