El origen de los famosos "Chalets" de Ituzaingó
Sebastian Sanguinetti
cuando observamos los techos de teja y las fachadas nobles que aún persisten en Ituzaingó, no estamos viendo simplemente una moda pasajera. Estamos ante el resultado de una política habitacional de mitad del siglo XX que democratizó el paisaje urbano
Si uno camina por las arboladas calles de Ituzaingó, es imposible no notar la persistencia de un paisaje arquitectónico muy particular: casas compactas, con techos de tejas coloniales a varias aguas, paredes blancas o de ladrillo, aberturas de madera y un infaltable jardín al frente: El famoso "Chalet Argentino". Pero, ¿de dónde salieron estas casas que hoy definen gran parte de la identidad residencial del municipio? La respuesta entrelaza la historia de las antiguas misiones norteamericanas, el auge del cine de Hollywood y la ingeniería urbano-social del peronismo.
De las misiones franciscanas a la "casa moderna"
El estilo que hoy conocemos como "chalet californiano" tiene una genealogía fascinante y un nombre que es un híbrido cultural. Su origen arquitectónico no es local, sino que se remonta a la costa oeste de los Estados Unidos entre los años 1880 y 1920. Allí, arquitectos y promotores inmobiliarios comenzaron a reivindicar el legado hispano y tomaron como inspiración estética las ruinas de las antiguas misiones franciscanas del siglo XVIII . Este rústico Mission Style evolucionó hacia formas más elaboradas y románticas tras la feria de San Diego de 1915, dando paso al Spanish Colonial Style

El término que utilizamos en Argentina es, de hecho, un invento semántico. La palabra "chalet" proviene del francés y designaba originalmente a las viviendas rurales de los pastores de las regiones montañosas, caracterizadas por su uso de madera y techos muy inclinados para la nieve. Al combinar esta palabra europea —asociada a la idea de confort y la naturaleza— con el estilo "californiano", el país sintetizó un modelo de vivienda suburbana totalmente nuevo.
Este modelo ingresó a la Argentina en la década de 1930 a través de revistas de arquitectura (como Casas y Jardines) y películas norteamericanas, siendo adoptado inicialmente por la alta burguesía para sus exclusivas casas de fin de semana y los primeros country clubs de la época. Representaba la "casa moderna": priorizaba la eficiencia técnica, una vida familiar más íntima y dejaba atrás las antiguas y rígidas casas chorizo.
La democratización del ladrillo: el "chalecito argentino"
La explosión de este tipo de viviendas en Ituzaingó se explica por un profundo cambio político. A partir de 1946, el gobierno peronista tomó una decisión disruptiva en términos de urbanismo: apropiarse de este símbolo de estatus de la élite burguesa y escalarlo de forma masiva para las clases populares. A través de una versión un poco más simplificada, el modelo pasó a ser el famoso "chalecito argentino", materializando el sueño del ascenso social para miles de trabajadores que venían del hacinamiento o de zonas rurales.
Al momento de planificar esta política de construcción masiva, el gobierno peronista se enfrentó a un debate interno entre dos grandes modelos habitacionales con distintas cargas ideológicas: la vivienda colectiva y la vivienda individual. Por un lado, se impulsaron grandes conjuntos de monobloques o pabellones de inspiración centroeuropea, como el emblemático Barrio Los Perales en el barrio porteño de Mataderos, diseñados para fomentar el intercambio vecinal y la igualdad social a través de accesos y espacios exteriores compartidos. Sin embargo, la opción que terminó dominando el paisaje suburbano fue la casa individual con jardín. El chalet unifamiliar triunfó porque materializaba a la perfección el "sueño de la casa propia", garantizando la independencia de la familia y consolidándose como el máximo símbolo de ascenso hacia la clase media urbana para los sectores populares.


Los dos modelos habitacionales: el ultimo terminó imponiéndose a traves del BHN
El diseño se estructuraba bajo la tipología de "casa cajón", proponiendo una planta compacta rodeada de terreno libre que dejaba atrás a las antiguas "casas chorizo". La distribución del plano se organizaba de la siguiente manera:
Área social integrada: La mayor innovación espacial en los planos de la época fue la incorporación del living (sala de estar), fusionando la antigua y rígida "sala de recibir" con el comedor diario. Esto creaba un espacio unificado y enfocado en el confort de la vida cotidiana de la familia.
Servicios y descanso: El plano típico contaba con una cocina, un baño completo y, por lo general, entre dos y tres habitaciones
Transición exterior: El diseño de la planta baja siempre contemplaba un porche semicubierto que conectaba el interior con el jardín delantero
Además, los planos originales de los grandes barrios estipulaban que las parcelas debían estar delimitadas únicamente por "cercos vivos" (arbustos) en lugar de muros ciegos, con el objetivo de fomentar la interacción y la solidaridad vecinal
Que pasó en Ituzaingó
El corredor oeste, y especialmente los antiguos campos y quintas de Ituzaingó, se transformaron en un inmenso laboratorio para esta política. La proliferación de estos chalets se dio por dos grandes vías. Por un lado, a través del Banco Hipotecario Nacional, fundamentalmente con la implementación del "Plan Eva Perón" a partir de 1952, que otorgaba créditos a larguísimo plazo para la construcción de viviendas unifamiliares. Durante esos años, el Estado desatinaba el 5,7 % del presupuesto nacional en construcción de viviendas. (hoy serían 8,5 billones de pesos) Esto permitió que muchísimas familias levantaran sus chalets de forma individual en loteos nuevos.
Para comprender cómo un trabajador lograba adquirir estas viviendas, es fundamental analizar la ingeniería financiera y las leyes de la época. Los créditos del Banco Hipotecario Nacional ofrecían plazos sumamente extensos con tasas de interés subsidiadas, las cuales terminaban licuándose por la inflación. La magnitud de esta intervención fue inédita en la historia del país: durante estos años, el banco se consolidó como la principal fuente de financiamiento habitacional, otorgando préstamos que beneficiaron a más de medio millón de familias a nivel nacional .
Como resultado directo de esta inyección de créditos y de la acción estatal, solo durante la primera presidencia (1946-1952) se logró la construcción de 350.000 viviendas para obreros, a las que se sumaron más de 150.000 unidades adicionales hasta el año 1955. Vale aclarar que en esa época vivían en Argentina unas 16 millones de personas.
De manera complementaria, cumplió un rol crucial la Ley de Alquileres, con sus medidas de congelamiento de cánones locativos y suspensión de desalojos iniciadas en 1943. La misión de esta política era doble: por un lado, proteger el poder adquisitivo de los inquilinos, logrando que el gasto en alquiler bajara de representar el 25% a apenas el 5% u 8% del salario; y por el otro, al volver menos rentable el negocio de la renta inmobiliaria para los dueños. Era el inquilino entonces el que accedía al crédito y le ofrecía al dueño de la casa que alquilaba, comprarla.
El rol de los Sindicatos
Por otro lado, la expansión definitiva del chalet californiano en Ituzaingó llegó de la mano de inmensos barrios planificados por los sindicatos, que operaban como grandes articuladores del tejido urbano bajo el modelo de "ciudad jardín".
Dos de los ejemplos más contundentes que forjaron la identidad de Ituzaingó fueron:
El Barrio Ferroviario: Construido a partir de 1952 a instancias del Gremio Ferroviario, con el apoyo de la Fundación Eva Perón y el Ministerio de Obras Públicas. Este proyecto erigió 227 chalets individuales idénticos, dotando a los obreros de techos de teja y porches hacia el jardín en lo que entonces era "una isla en el medio del campo".
El Barrio Aeronáutico: Originalmente bautizado como Barrio 7 de Mayo (por el natalicio de Evita), fue un desarrollo colosal iniciado en 1954 por la Asociación del Personal Aeronáutico (APA). El proyecto construyó 763 viviendas individuales de tipo chalet californiano de forma estandarizada.
En conclusión, cuando observamos los techos de teja y las fachadas nobles que aún persisten en Ituzaingó, no estamos viendo simplemente una moda pasajera. Estamos ante la huella material de un fenómeno de transculturación intercontinental y, de manera fundamental, ante el resultado de una política habitacional de mitad del siglo XX que democratizó el paisaje urbano y redefinió el concepto del hábitat para la clase media argentina.